Hay países tan inmensos que el sol amanece con varias horas de diferencia entre sus dos extremos. Cada uno de ellos ha tenido que dirimir si el reloj debe obedecer al cielo o al Estado. Y no todos eligieron el mismo camino.
Pekín — China se extiende a lo largo de unos 5.000 kilómetros de ancho y cruza cinco husos horarios geográficos, de los 73° a los 135° este. Desde 1918, la República de China utilizó exactamente cinco: Kunlun en UTC+5:30, Sinkiang–Tíbet en UTC+6, Kansu–Shensi en UTC+7, Chungyuan en UTC+8 y Kungshan en UTC+8:30. En 1949 se suprimieron los cinco y todo el territorio quedó bajo una sola campana horaria: la Hora de Pekín, UTC+8. La distorsión es flagrante en el extremo occidental: en Kashgar, en pleno solsticio de invierno, el sol no asoma hasta las diez de la mañana según el reloj del gobierno. En la vida diaria se emplea de forma generalizada un segundo horario oficioso (el horario de Xinjiang o de Ürümqi, dos horas por detrás de Pekín), que incluso figura catalogado en la base de datos mundial de husos.
Delhi — La India adoptó la misma resolución alegando idéntico motivo: la cohesión nacional. La Hora Estándar de la India se fijó el 1 de septiembre de 1947 en UTC+5:30, calculada a partir de un meridiano único a 82°30′ este. Geográficamente a la India le corresponderían tres zonas distintas; es más ancha que los Estados Unidos contiguos, que tienen cuatro. El sol sale unos noventa minutos antes en la frontera oriental india que en la costa oeste, y en el estado de Assam anochece hacia las cuatro y media de la tarde con la jornada laboral en plena marcha. Las plantaciones de té de Assam han funcionado durante generaciones una hora adelantadas mediante el extraoficial Horario de los Jardines de Té, herencia de la época británica que sigue activa hoy.
Moscú — Rusia tomó la vía contraria y preservó once husos horarios, más que ninguna otra nación. Sin embargo, centralizó el control por otro cauce: durante la mayor parte del siglo XX, los paneles de trenes de toda la red ferroviaria soviética y rusa se imprimían invariablemente en hora de Moscú, de modo que un viajero en Vladivostok leía una hora de salida desvinculada del sol que iluminaba el andén.
Melbourne — Australia ofrece el contraejemplo más revelador. Dado que el horario de verano depende de cada estado y no de la federación, las tres zonas horarias oficiales del país se fragmentan en cinco durante la mitad del año, incluyendo dos desfases independientes de media hora. Nadie concibió ese puzle a propósito: cada parlamento regional respondió a su manera y este fue el dibujo resultante. La anomalía alcanza a municipios concretos: la localidad minera de Broken Hill, en Nueva Gales del Sur, se rige por la hora de Australia Meridional.
Kuala Lumpur — Malasia conoció una versión más modesta del mismo conflicto: una costura de media hora entre la península y los estados orientales de Borneo, que zanjó en los últimos treinta minutos de 1981.
Entre todos ellos ilustran el principio con precisión inapelable. Un reloj puede ser exacto respecto al cielo o puede ser unánime para todos los ciudadanos. En un territorio de escala continental resulta imposible compaginar ambas virtudes, y cada gobierno puesto ante esa disyuntiva se inclinó siempre por la unanimidad.